LOS PUEBLOS GERMÁNICOS DE LA PENÍNSULA IBÉRICA (VI)

 


EL DESARROLLO INSTITUCIONAL: MONARQUÍA Y CONCILIOS

La monarquía visigoda comienza a identificarse claramente con el territorio, ejerciendo control sobre la mayor parte de éste y organizándose administrativamente según el modelo de los distintos. A finales del siglo VII, con Recaredo, no solo se refuerza la conexión con el territorio y se inicia la consolidación del poder, sino que también se suma la conversión al catolicismo, lo que impulsa un proceso de integración social. Es en este momento cuando se estructuran mecanismos fundamentales para el funcionamiento de la monarquía y los concilios.

El monarca visigodo empieza a posicionarse como el jefe supremo, aunque siempre sujeto a la ley, como se refleja en los códigos de justicia visigodos. Es también cuando el poder real se empieza a diferenciar explícitamente del de la nobleza. La figura del rey, hasta entonces vista como un noble más, comienza a tomar forma en un Estado con una estructura más definida, y su poder se refuerza.

Asimismo, surge una nobleza clientelar que, además de su función militar, se organiza también como una nobleza administrativa de servicio. Los nobles empiezan a ocupar cargos en la administración del Estado, generalmente en el entorno del palatium regis o aula regia, donde están más cerca del monarca. Estos nobles, conocidos como «gandilgos», forman parte del círculo de confianza del rey y juran fidelidad a él. A medida que el monarca consolida su poder, la figura del rey se refuerza, recibiendo su autoridad «por designio de Dios», como ocurrió con Recaredo. Los concilios se convierten en una herramienta clave, ya que el rey preside y emite decretos, controlando tanto la asamblea laica como la eclesiástica.

Se establece la liturgia política, una serie de rituales y ceremonias que ensalzan al rey y lo diferencian de los demás nobles. Influenciados por el ceremonial bizantino, se incorporan símbolos como el trono, la corona, el cetro y el manto púrpura, que refuerzan su autoridad. De este modo, la figura del rey se presenta de manera solemne y diferenciada, fortaleciendo su poder frente a la nobleza.

La administración visigoda empieza a adquirir rasgos feudales, con los consejeros más cercanos al rey desempeñando un papel clave. Aunque no ocupan cargos administrativos formales, su función es asesorar al rey y formar parte de su consejo, lo que marca una transición hacia un sistema más descentralizado.

A pesar de su carácter electivo, los monarcas intentaron superar esta característica asociando a sus hijos al trono, con el objetivo de que la nobleza los eligiera como sucesores. La nobleza, junto con los obispos, forma una asamblea que no sólo asesora al rey, sino que también tiene el poder de elegirlo, lo que refuerza la relación entre el poder real y la nobleza.

El rey se rodea de un oficio palatino o Aula Regia, compuesto por funcionarios que sirven directamente al monarca. Entre ellos se encuentran los encargados de los establos, los responsables de la provisión de víveres para la casa real, entre otros. Además, el círculo cercano al rey está formado por los fideles, nobles que forman parte del consejo real. Aunque el rey tiene la última palabra, siempre está acompañado de este consejo, que le asesora en las decisiones a tomar.

La Iglesia desempeña un papel crucial en el desarrollo político, no solo en la elección del monarca, sino también en la articulación territorial. Los obispos tienen una gran influencia en la repoblación fiscal, la redistribución territorial y el control de la población, lo que les otorga poder tanto religioso como político.


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